En ingeniería del software, pocos acrónimos se repiten tanto como KISS (Keep It Simple, Stupid). En casi cualquier evento donde se habla de arquitectura aparece como la clave para construir sistemas resilientes y capaces de soportar el paso del tiempo.
Sin embargo, rara vez se profundiza en lo que implica realmente crear y mantener un sistema simple. Y suele ser precisamente en esos matices donde se decide si un sistema será simple y sólido, o solo aparentemente sencillo.
A menudo se presenta KISS como la antítesis de la sobreingeniería. El problema de ese enfoque es que conduce a una aplicación superficial del principio, convirtiéndolo en una excusa para no pensar o no diseñar.
Existe una tendencia recurrente a confundir simplicidad con pobreza estructural. Bajo la bandera de KISS se defienden, a veces, soluciones que no son simples, sino simplistas: código que evita patrones necesarios, ignora casos límite o rechaza abstracciones útiles por miedo a una sobreingeniería mal entendida.
KISS no es una excusa para no diseñar. Es justo lo contrario. Un sistema verdaderamente simple requiere más diseño, más rigor y más experiencia que uno complejo. Puede resultar contraintuitivo, pero tiene sentido: la complejidad suele aparecer por inercia. En cambio, la simplicidad es casi siempre el resultado de una elección consciente.
La simplicidad como camino, no como punto de partida
Cualquier sistema empieza simple por definición. Cuando el repositorio está vacío, el proyecto acaba de nacer o la primera línea de código se ha escrito, la claridad es absoluta. Los límites del diseño son nítidos, las interdependencias mínimas y la curva de aprendizaje plana. Esta simplicidad inicial, sin embargo, es tan solo una consecuencia directa de la falta de historia y contexto.
El verdadero reto de la simplicidad no es cómo se empieza, sino cómo resiste y se mantiene a lo largo del tiempo, enfrentándose a la fuerza del cambio y el crecimiento.
La dificultad aparece con el cambio. Cuando el negocio evoluciona, las reglas de negocio se complican, los casos de uso se ramifican y las excepciones se acumulan. Es en este punto de inflexión donde la estructura interna del sistema se pone a prueba de verdad. Un diseño que en sus inicios rechazó la complejidad necesaria bajo una interpretación dogmática de KISS es muy probable que acabe colapsando cuando tenga que escalar o adaptarse. Esta negación de la complejidad real se manifiesta a menudo en abstracciones forzadas, código duplicado o soluciones excesivamente genéricas que, irónicamente, dificultan la comprensión y el mantenimiento futuro.
La simplicidad, por tanto, no es el punto de partida que se alcanza con un esfuerzo inicial reducido. Es más bien el resultado de un proceso continuo de iteración y ajuste. Surge cuando el sistema ha sido sometido al cambio suficiente como para distinguir qué es esencial y qué no lo es.
Complejidad accidental y complejidad esencial
Para aplicar KISS con criterio es imprescindible distinguir entre dos tipos de complejidad, aunque en la práctica tienden a mezclarse y confundirse.
La complejidad esencial es inherente al problema que estamos resolviendo. Proviene del dominio, de las reglas de negocio, de las excepciones reales y de las restricciones externas. Si el dominio es complejo, el software que lo modela también lo será en cierta medida. Intentar reducir esa complejidad no es simplificar. De hecho, suele acabar en una representación incompleta o distorsionada de la realidad.
La complejidad accidental, en cambio, es la que introducimos como consecuencia de nuestras decisiones técnicas. Aparece en forma de frameworks innecesarios, capas de abstracción para cubrir los “por si acaso”, patrones aplicados como dogmas o infraestructuras sobredimensionadas para un volumen de uso que nunca llega. No nace del problema, sino de cómo decidimos abordarlo.
El problema es que ambas complejidades suelen confundirse. Cuando el sistema empieza a ser difícil de entender, es tentador asumir que el dominio “es así de complejo”, cuando en realidad gran parte de esa dificultad proviene de decisiones evitables. KISS actúa aquí como un filtro: obliga a cuestionar qué complejidad es inevitable y cuál es fruto de la sobreanticipación.
Aplicar KISS no significa empobrecer el modelo ni renunciar a expresar el dominio con precisión. Significa concentrar el esfuerzo en reducir la complejidad accidental, respetando en todo momento lo esencial. El objetivo no es que el sistema sea simple, sino que no sea más complejo de lo estrictamente necesario para cumplir su propósito.
Cuándo abstraer
Abstraer no es sinónimo de calidad. Aunque nos hemos instalado en un pensamiento en el que más capas y componentes reutilizables equivalen a un mejor diseño, la realidad es que cada abstracción tiene un coste: un contrato nuevo que mantener, un concepto nuevo que el equipo debe entender. Es importante comprender que esto tiene sentido cuando el ahorro de complejidad compensa claramente ese tipo de esfuerzos.
Muchas abstracciones prematuras nacen del deseo de anticiparse a cambios que no existen. Creamos interfaces genéricas o fábricas de objetos “por si acaso” algún día cambiamos de base de datos o de proveedor. El problema es que esa predicción suele fallar. Cuando las variaciones llegan, rara vez lo hacen como imaginamos y terminamos con un sistema lleno de mecanismos de extensión que lo que aportan es principalmente ruido.
Pero cuidado, KISS no es una invitación a la pasividad. Retrasar decisiones estructurales por miedo a sobrediseñar es otra forma de deuda. Tolerar la duplicación constante o el acoplamiento directo bajo la idea de que “de momento funciona” introduce una rigidez que a la larga es mucho más cara de corregir. KISS no consiste en evitar decisiones, sino en tomarlas cuando empiezan a aportar valor real.
La abstracción deja de ser una apuesta y pasa a ser una respuesta cuando el sistema da señales claras: cambios que obligan a tocar siempre los mismos puntos o lógica que se repite con ligeras variaciones. En esos momentos, una buena abstracción reduce el ruido y hace el sistema más legible. Por contra, una mala, te obliga a saltar entre archivos para entender qué está ocurriendo realmente.
Abstraer es, por tanto, una decisión situada en el tiempo. A veces lo más sensato es esperar y aceptar cierta duplicación hasta que el patrón se haga evidente. Otras, lo sensato es actuar desde el principio de forma quirúrgica (cuando la experiencia nos dice que será necesario). En ese equilibrio incómodo es donde KISS muestra su verdadero valor.
KISS no es contrario a los patrones, es contrario a la ceremonia
A veces se interpreta KISS como un rechazo a los patrones de diseño o a las arquitecturas y soluciones más elaboradas. Esa lectura, aunque comprensible en ciertos contextos, suele simplificar en exceso el problema. Los patrones son una forma de lenguaje compartido. Son necesarios para comunicar soluciones recurrentes y facilitar el entendimiento entre personas sin tener que explicarlo todo desde cero. El problema aparece cuando dejan de ser herramientas y se convierten en moldes fijos, desconectados del problema concreto.
KISS cuestiona la ceremonia. Entendiendo esta no como rigor técnico, sino como la aplicación de recetas preestablecidas que imponen estructura sin aportar claridad, seguridad o capacidad real. Es esa exigencia de seguir una secuencia fija de pasos, capas e interfaces simplemente porque “así se hace”, aunque el sistema no lo necesite.
Con los años de experiencia se hace evidente que la búsqueda de una “arquitectura base” perfecta, un esqueleto estándar donde encajar cualquier proyecto futuro, entra en tensión directa con el principio KISS. Intentar resolver problemas distintos a partir de las mismas recetas genera un coste invisible que se paga a diario: más archivos, más conceptos dispersos y más esfuerzo mental para seguir el comportamiento real del sistema. Son costes que rara vez aparecen en las estimaciones, pero que ralentizan al equipo y complican el mantenimiento.
Aquí conviene distinguir entre un diseño correcto y un diseño útil. Podemos conocer la solución canónica que dictan los libros o los estándares de la industria, pero cada sistema necesita su propio equilibrio. Deberían saltar las alarmas cuando defendemos una estructura porque encaja con una receta conocida, pero somos incapaces de explicar qué problema concreto resuelve en ese contexto.
Una buena forma de detectar este exceso de ceremonia es observar cómo hablamos del sistema. Si al explicar una funcionalidad dedicamos más tiempo a describir la estructura que a explicar el comportamiento, es probable que la receta haya tomado el control. No se trata de eliminar patrones ni de rechazar el conocimiento técnico, sino de cuestionar su aplicación automática. Los patrones siguen siendo herramientas muy valiosas. Las recetas preestablecidas, cuando sustituyen al criterio, se convierten en un coste que conviene revisar.
Código simple y sistema simple
El desarrollo de un sistema no es más que una suma de decisiones. Y existe una diferencia fundamental entre las decisiones que mejoran una pieza aislada y las que mejoran el conjunto. Un método puede quedar impecable o una clase extremadamente elegante, pero si para lograrlo rompe una convención establecida o introduce una excepción conceptual, el sistema en su conjunto se vuelve más complejo.
KISS no se aplica a las líneas de código. Se aplica al sistema completo. Ahí reside el verdadero reto.
Es un fenómeno contraintuitivo, pero el código “bonito” puede complicar el sistema. Refactorizaciones bienintencionadas que atomizan el flujo de ejecución o introducen micro-abstracciones pueden mejorar la estética de un archivo concreto, pero pueden estar haciéndolo a costa de dificultar la comprensión del flujo global. La claridad no siempre coincide con la elegancia académica. A veces, un código algo más explícito es infinitamente más fácil de seguir y depurar que una solución compacta llena de saltos innecesarios.
A menudo escribimos código optimizando para la comodidad del autor actual, buscando que sea agradable de escribir hoy. Pero el objetivo de KISS es optimizar para el lector futuro. Un sistema simple es aquel que no requiere cargar un contexto mental enorme para ser entendido por alguien que no participó en su creación. O incluso por nosotros mismos cuando volvemos a él un tiempo después, probablemente para corregir un error urgente bajo presión.
Por eso la coherencia es una herramienta de simplicidad mucho más potente que la perfección local. Cuando problemas similares se resuelven de formas distintas en diferentes partes del proyecto, la complejidad emerge en los espacios entre las piezas, no dentro de ellas. Deja de ser un problema de calidad de código y se convierte en una carga enorme para quien debe mantenerlo. KISS funciona aquí como un criterio de alineación. Puede ser preferible una solución imperfecta pero consistente que cinco soluciones perfectas pero distintas.
Al final, el sistema como unidad es lo único que importa. El usuario real, e incluso el negocio, no perciben clases ni funciones. Perciben un comportamiento fiable y una capacidad de respuesta ante el cambio.
Cada decisión cuenta. Dónde colocamos una responsabilidad o qué dependencias aceptamos no son detalles de implementación. Son decisiones que se acumulan. El coste rara vez es inmediato, pero el interés compuesto de la incoherencia es alto.
El código simple no garantiza un sistema simple. De hecho, mantener un sistema simple a menudo implica renunciar a pequeñas victorias locales de elegancia en favor de la sostenibilidad global. Ante esto, KISS no es una regla de estilo, sino un criterio de equilibrio entre la satisfacción inmediata de escribir código inteligente y la responsabilidad de construir software mantenible.
KISS bajo incertidumbre
El verdadero reto de nuestra profesión es trabajar bajo unos niveles de incertidumbre que no se pueden eliminar. Nunca nos enfrentamos a un proyecto con toda la información sobre la mesa y, en muchos casos, esa información cambia a medida que el negocio entiende mejor sus propias necesidades. Todo esto nos obliga a tomar decisiones con una visión necesariamente parcial de la realidad.
Puede parecer contradictorio defender que debemos diseñar pensando en la sostenibilidad futura del sistema mientras admitimos al mismo tiempo, que no podemos predecir ese futuro. Aquí es donde la experiencia juega un papel fundamental y donde KISS se convierte en una herramienta mental indispensable, porque parte de aceptar la incertidumbre en lugar de intentar negarla mediante especificaciones cerradas.
La certeza absoluta es un objetivo bloqueante. Por eso debemos aprender a decidir con la información que tenemos hoy. Bajo la óptica de KISS no buscamos la solución perfecta y definitiva, sino la más adecuada para el momento actual.
La simplicidad mantiene opciones abiertas. Tanto los diseños rígidos como los excesivamente genéricos terminan dificultando el cambio. Mantener el sistema simple es una forma de equilibrar la rigidez con la anticipación.
También es importante entender que no todas las decisiones tienen el mismo coste de reversión. KISS nos anima a elegir caminos que sean relativamente fáciles de deshacer. Cuando la estructura es simple en los puntos clave de decisión, el precio de equivocarse se reduce de forma significativa.
A menudo, el diseño complejo y sobrecargado es una reacción defensiva. Es el miedo a tener que cambiar el código después lo que nos lleva a intentar cubrir todos los casos posibles desde el principio. Una visión más pragmática parte de aceptar que el cambio es inevitable y que la simplicidad es la mejor forma de gestionar ese riesgo.
Sabemos que las decisiones envejecen. Lo que hoy parece razonable, mañana puede convertirse en una carga. Pero si aplicamos este principio con criterio, es posible hacer que nuestras decisiones envejezcan mejor. KISS no elimina la incertidumbre, pero nos ayuda a convivir con ella sin reaccionar de forma exagerada. En ese sentido, decidir simple no es decidir poco, es decidir con responsabilidad.
Relación con otros principios
Ningún principio de diseño opera solo por si mismo. En la realidad de un sistema en producción, nuestros criterios de decisión conviven con otros marcos mentales que a veces empujan en direcciones opuestas. El problema no es esa convivencia, sino la creencia ingenua de que todas las buenas prácticas pueden aplicarse simultáneamente sin generar fricción.
Pensemos en DRY o en SOLID. Son principios valiosos, pero no operan en el vacío. Cuando se aplican sin atender al contexto, pueden llevarnos a introducir abstracciones que no responden a un problema real o a dividir el sistema en componentes tan pequeños que el comportamiento queda diluido en la estructura. La teoría queda satisfecha. El sistema, no necesariamente.
Cuando los principios se convierten en reglas incuestionables, dejan de ser herramientas y pasan a ser restricciones. Aplicarlos sin atender al contexto suele generar sistemas académicamente “correctos”, pero operativamente dolorosos de mantener. La diferencia entre un uso sano de la teoría y uno problemático está en la experiencia y en entender por qué existen esas reglas. Saber cuándo relajar un principio requiere un conocimiento más profundo que saber aplicarlo de forma literal.
Ninguna sigla garantiza un buen diseño por sí sola. Son ayudas para pensar, no recetas infalibles. Este enfoque pragmático invita a revisar de forma constante si nuestras decisiones siguen sirviendo al sistema o si solo estamos rindiendo culto al marco teórico que las originó. Al final, cuando los principios entran en conflicto, el objetivo no es cumplirlos todos para ganar una medalla a la arquitectura limpia, sino construir un sistema que se deje entender y se deje cambiar.
El paso del tiempo como juez de la simplicidad
Las decisiones de arquitectura tienen un ciclo de validación lento. Rara vez se manifiestan como buenas o malas en el momento de tomarlas. El compilador no se queja y los tests pasan. Solo el tiempo revela la verdad. La simplicidad real no se demuestra en el diseño inicial, cuando todo está ordenado y bajo control, sino meses o años después, durante la vida del sistema en producción y su mantenimiento.
Existen sistemas que envejecen bien y otros que envejecen mal. Esta diferencia no depende tanto de su tamaño o de la tecnología elegida como de su estructura interna. Un sistema que ha envejecido bien es aquel que admite modificaciones sin ofrecer una resistencia desproporcionada. Por el contrario, un sistema que se vuelve frágil ante cualquier alteración, donde cada nueva funcionalidad implica un riesgo elevado de regresión, es un sistema que ha envejecido mal.
Para lograr esa longevidad, las decisiones que mejor resisten el paso de los años rara vez son las más brillantes o sofisticadas. Suelen ser, de hecho, las más aburridas. Soluciones claras, explícitas y que no dependen de un contexto mental complejo para entenderse. La brillantez técnica caduca rápido. En cambio, la claridad es lo único que perdura cuando el equipo original ya no está.
La complejidad no suele aparecer de golpe. Se acumula en pequeños compromisos que parecían aceptables en su momento. Limitar esa acumulación requiere constancia, pero también realismo. Hay que abandonar la nostalgia del diseño inicial. Un sistema vivo nunca volverá a estar tan limpio como el primer día, e intentar preservar esa pureza original suele convertirse en una trampa que bloquea su evolución natural. La simplicidad madura no es la del lienzo en blanco, es la de una estructura que ha sabido adaptarse sin perder coherencia.
El verdadero test de calidad no es cómo se escribe el sistema, sino cómo se deja modificar. La métrica real está en cuántas piezas hay que tocar para un cambio pequeño y, sobre todo, en cuánto miedo genera alterar algo aparentemente trivial. Los sistemas simples no se reconocen por etiquetas en su documentación, sino por cómo responden a la presión. El tiempo no perdona la complejidad accidental, pero tampoco premia la brillantez innecesaria. La única simplicidad que cuenta es la que sobrevive.
KISS como responsabilidad, no como estilo
A estas alturas queda claro que KISS no es una preferencia estética ni una forma personal de escribir código. No es un estilo que se pueda imponer en una guía ni una etiqueta que colocar sobre una arquitectura. Es una forma de asumir responsabilidad sobre las decisiones que tomamos y sobre sus consecuencias en el tiempo.
Aplicar KISS no consiste en escribir menos código ni en evitar estructuras complejas por principio. Consiste en decidir con cuidado qué complejidad es necesaria y cuál no lo es. En entender que cada capa añadida, cada abstracción introducida y cada patrón aplicado tiene un coste que alguien pagará más adelante, casi siempre otra persona y casi nunca en el momento de tomar la decisión.
La simplicidad, en este sentido, es una forma de respeto. Respeto por el sistema, que tendrá que evolucionar. Respeto por el equipo, que tendrá que entenderlo y mantenerlo. Y respeto por el negocio, que dependerá de que ese sistema pueda cambiar sin romperse cada vez.
Por eso KISS no es una regla técnica. Es una postura profesional. No garantiza sistemas perfectos, pero sí decisiones comprensibles y estructuras que se dejan tocar. Lo demás no lo decide el diagrama ni el estándar. Lo decide el tiempo, cuando alguien tiene que cambiar lo que hicimos.